Javier Arévalo

Este es un blog personal para escupir algunas ideas, responder algunos ataques, corresponder algunas caricias, y combatir casi todas las opiniones

miércoles, febrero 11, 2009

Las canciones de Gabriel

A mí, su mamá me dijo que yo no habría de ocuparme mucho de él. Accedí a tener un hijo porque creí en las promesas de su madre. Como tantas promesas de amor, ésta tampoco fue verdad. Pero en realidad, jamás habría querido que esa promesa se cumpliera. Estar cerca de Gabriel ha sido una de las mejores cosas que me ha pasado. Ahora que escucho las canciones que escribe, ahora que lo veo armando una banda, cuando lo oigo dirigiendo los ensayos, cuando nos ponemos a soñar en los conciertos que vendrán, vuelvo a querer a la mujer que lo tuvo, a Milagros, por haberme dado a este patita que pronto se pondrá las alas en la espalda y se irá volando por los techos hacia algún lugar a donde espero que un día me invite a verlo tocar... escuchen su música.... a mí me divierte tanto... www.gabrielarevalo.com

lunes, diciembre 15, 2008

OYE SERPIENTE

Oye serpiente
Escupe la cola que te has metido a la boca
Eres tú
Aunque sé que tienes problemas para definir
"Tú"
Pero puedo ayudarte:
por lo pronto, no eres yo
Tú te muerdes la cola
y morderías la mía
Si te dieras cuenta que estoy ahi...
Hoy te muerdes la cola
-yo no hago esas cosas-
Tú eres laaaaaaarrrga
-yo, apenas, soy una mancha de vino sobre mi camisa-
Tú no sonríes
yo hago bromas sobre tu cola
Tú quieres ser maravillosa
Yo apenas quisiera ser la sombra de una vaca que ha producido
Mantequilla para untarla en el pan francés
Que me como mojadito en mi té
Tú eres serpiente
Yo, quien te escribe,
Quien te dice muerde,
Quien te dice existe...

domingo, octubre 12, 2008

soneto para Tere "arregla" tanto que nadie sabe dónde

Sé de tantas cosas mías que se pierden

¿es un duende el que se hace de ellas?

o será que cuando arreglas, tú las callas

si las cuelgas, no se sabe donde penden

Diré, como las viejas, que mil veces

taladrado he tus oídos sordos

ahora, la toalla arrojo, abandono

¿podrá ella perder mascotas, peces?

pesada tortuga traeré a casa

¿irá a la olla, la hará mesa?

o se aparecerá en el techo

¿dirá que montada en una bala

o premunida de unas alas

huyó al cielo por despecho?

viernes, octubre 10, 2008

Un pañuelo para Camila

La vendedora, una señora gorda y canosa que con una barba habría pasado por Papá Noel, me dijo que los pañuelos eran de La India. Yo lo sabía, pero ella insistió en explicarme que eran delicados, que a una mujer le bastaba llevarlos atados alrededor de la cabeza para embellecerse. Pero también dijo que eran un mal obsequio de Navidad, porque una superstición decía que la persona que recibía de regalo un pañuelo acababa por enemistarse con quien se lo había regalado. Eran las diez y media, faltaban dos horas para Navidad y yo nunca había sido supersticioso. Además, cientos de veces había visto esos pañuelos alrededor de la cabeza de Camila y había sido yo quien se los había regalado, uno tras otro, en cualquier día del calendario, para compensar mi pertinaz olvido de las fechas que tanto significaban para ella. Durante los dos años que estuvimos juntos jamás llegué a comprender el cariño que tenía por las efemérides. Me parecía absolutamente tonto que me torturara molestándose y haciendo rabietas porque yo no recordaba exactamente el día en que nos habíamos conocido. Sabía, claro, que había sido en la casa de Iris, su prima, una guapa economista que trabajaba conmigo en la financiera, pero nada más. En cambio, Camila recordaba muchas cosas que no significaban nada para mí: como el día en que le dije por primera vez que la amaba, la fecha en que tuvimos nuestra primera pelea, la tarde en que le hice el primer regalo o el día exacto en que hicimos por primera vez el amor. Y todo esto quería celebrarlo cada mes y yo me ahogaba de tantas efemérides y tontas celebraciones. Sobre todo porque entonces estaba obsesionado con mi trabajo. Quería llegar a la gerencia financiera antes de cumplir los treinta y cinco años. Estaba seguro de que podía lograrlo. Había hecho ganar mucho dinero a la empresa, primero con mis informes, y después con mis inversiones, cuando tuve la autorización para hacerlas. Dedicaba todo mi tiempo, en la oficina o en mi casa, sentado frente a mi computadora, a analizar empresas, a descubrir las verdades ocultas de un balance semestral. Construí alrededor de mí un muro de ojos que esperaban demasiado de trabajo. Al principio no sentía presión alguna, sólo el halago de ser observado con atención. Me alejé de todos los que en la oficina tenían cargos inferiores al mío, salvo si podían proporcionarme datos valiosos. Parte de mis ganancias, en la bolsa o por mi sueldo, las invertí en hacerme socio de un par de clubes a los que asistían propietarios de las empresas que yo analizaba. Sólo Camila conseguía sacarme de ese mundo de cifras para meterme en otro más ligero, flotante y vital. Me llevaba al cine, a la playa, o a tomar una cerveza en cualquier bar. Lo mismo le daba el Superba de Lince, lleno de borrachos enternados, o La Noche, poblada de chiquillos y también de artistas y escritores y periodistas a muchos de los cuales Camila conocía y que tenían en común con los parroquianos de los bares de Lince el estar también siempre borrachos. Me sorprendía que no le importara el lugar a donde fuéramos. Ella encontraba conocidos en todas partes. Lo mismo sucedía con las discotecas. Podíamos estar en las de moda como el Bizarro o el Bauhaus o en las olvidadas, como el Ebony o La Monella. —No me importa a donde vaya —me dijo un día— si tú estás conmigo. No era tan cierto, pero era cierto. En realidad, Camila andaba por la vida examinando a los seres humanos como los entomólogos observan a los insectos. Lo mismo le daba hablar con un peluquero que con un dentista, con un periodista que con un barman. Todos tenían algo qué contarle, todos tenían una historia que ella quería escuchar. Cada parte de su cuerpo y su personalidad me fascinaba. Era exactamente lo contrario a mí, o quizá no lo contrario, tal vez un complemento que no supe anexar, que no me di cuenta que necesitaba incorporar para siempre a mi vida. Una tarde llegó a la oficina con un André helado, un espumante californiano que tomábamos cada vez que ella tenía algo que celebrar. La vi parada en la puerta de mi oficina, con esa botella y dos copas en las manos. Yo quise sonreír, juro que quise sonreír, como lo había hecho en otras oportunidades ante una de sus tiernas impertinencias. Pero no era la tarde apropiada. Las cosas no me habían salido bien esa semana. Había realizado una operación riesgosa, sin pasar un memorando a mi superior, y había fallado. No era tan grave, en realidad, pero era evidente que me había querido pasar de listo. Quizá por eso, cuando la vi allí parada, con esa botella perlada de gotitas como si acabara de sacarla del refrigerador, sólo atiné a pensar que había olvidado nuevamente una de sus tontas fechas, con lo que quedaba claro que no era únicamente un inútil para las finanzas, sino también un perfecto imbécil desmemoriado. Y se lo dije. Y añadí otras cosas. Y le pedí que de una vez por todas dejara en su casa ese horrible defecto profesional de andar recordándolo todo. Camila, no lo he dicho, era una eficiente productora de televisión que además de imaginación tenía en el cerebro una memoria prodigiosa donde almacenaba datos que luego usaba para proponer temas novedosos. Y las efemérides eran un recurso del que echaba mano para producir programas especiales del tipo entrevista por el Día de la Mujer; videoclip por el día en que murió Lennon o documental por el día en que nació Hipólito Unanue. Y en esa memoria tenía almacenada, además, una serie de fechas que eran pertinentes a nuestra historia personal. Pero aún después de mi exabrupto no dejó de sonreír. Me miró largamente, tomó asiento y dijo con tranquilidad: —Nuestro hijo tiene un mes. Y eso tenemos que celebrarlo. Me senté y la miré. Por un momento me desconcerté. Le pregunté si estaba embarazada y ella dijo que sí. Enseguida sentí rencor. Mi vida profesional estaba a medio camino, bien orientada, pero todavía a medias. Y ella lo sabía. Mi padre había muerto un año atrás y mi madre y mi hermana menor dependían de mí. A mi hermana le faltaba todavía un ciclo y medio para recibirse de ingeniera, había sido becada parte de la carrera, pero el año en que mi padre se debatió entre la vida y la muerte la había desestabilizado de tal manera que la perdió. Además, mi padre nunca había pagado seguro alguno, de manera que su cáncer consumió gran cantidad de los fondos que él había ahorrado. Incluso tuvimos que vender la mitad del local donde funcionaba su factoría y parte de la maquinaria. Sentí rencor por la desconsideración de Camila, y por lo sencillo que le parecía todo. Ella había nacido en una casa donde siempre hubo dinero. Pensé que no tenía la menor idea de lo que para mí significaba el esfuerzo que estaba realizando. Le eché en cara su superficialidad, su desatino, su descuido. Toda la culpa se la atribuí sólo a ella y le dije que no podíamos tener ese hijo. No me respondió. Sólo vi que sus ojos se humedecieron. Luego se puso de pie y se marchó. No intenté seguirla, pensé que más tarde hablaríamos. Yo tenía que afrontar el problema financiero en el que me había metido, informando primero a mi jefe inmediato. La llamé al día siguiente, pero no la encontré. Los siguientes días fueron iguales. Debí buscarla con más insistencia, pero no tenía mucho tiempo, además de las horas que dedicaba a superar mi error y en hacer nuevos méritos, se acercaba el maldito fin de año y había que preparar el balance general con gente que ya comenzaba a sentirse en medio de una fiesta. Eran días tortuosos, analizando cifras que me proporcionaba cada una de las oficinas que dependían de la mía. Cada cierto tiempo intentaba comunicarme con Camila, la llamaba a su casa y a su oficina, pero nadie me daba razón de ella. En las calles, en la casa de mi madre, en la misma oficina, todos parecían más preocupados en adornar sus ambientes con guirnaldas, pinos de plástico o nacimientos. Quisieron meterme a un intercambio de regalos pero me rehusé. Por fin llegó el 24 de diciembre. Habían pasado tres semanas desde la última vez que vi a Camila. Esa tarde decidí ir a buscarla al canal. Allí me dijeron que estaba en la clínica Italiana. No supieron decirme por qué, pero yo lo intuí. Corrí a buscarla. La encontré pálida, tendida en una cama, cubierta con una frazada verde. Su madre estaba sentada en un sillón, y al verme se levantó y salió. —Los dejo, solos —dijo. Camila me miró a los ojos y comenzó a llorar. —Mi bebito —dijo sollozando—, perdí a mi bebito. Intenté acercarme, pero cuando estaba a unos centímetros de abrazarla estiró un brazo y me separó con violencia. —No quiero volverte a ver. Ya no hay nada que nos una. Intenté decir algo, pero ella me calló. —¿Vas a discutir conmigo en el estado en que estoy? Vete, estoy muy débil. Camila cerró los ojos y un instante después se durmió. Yo me asusté. Llamé a su mamá y ésta a la enfermera. Un segundo después la enfermera constató que sólo dormía. Por la noche, mi madre llamó a mi departamento. Eran las once y media y me esperaba en su casa para cenar. Volví a recordar que era Navidad. No le había comprado nada. Tomé una mesa de centro de la sala y la llevé a mi auto. También cogí una botella de whisky del bar, pensé que con ella mi hermana podría invitar a algunos de sus amigos. Volví a ver a Camila dos meses después, nos citamos por la tarde en el Solari. Fue dura conmigo. —Ahora te será difícil olvidar una fecha. —¿Cuál? —pregunté. —El día en que murió tu hijo. Luego de decir eso se puso a llorar. Me odiaba, lo sentí claramente. Me pidió que no la volviera a buscar. Y me dijo que dentro de ella no quedaba nada para mí. Insistir me pareció inútil. Intenté irme del lugar pero mi cuerpo no me respondía. Quería oler su perfume a jazmín, verla vestida de jeans y camisas a cuadros, abrazarla, salir con ella a gritar en los puentes de la Vía Expresa que nos amábamos, como antes, volver a emborracharnos en la cantina más truculenta de Lince, bajarle nuevamente la llanta del auto a uno de los directivos del canal que le caía pésimo. Quería ser su compinche otra vez. Pero ella no lo quería. Fue Camila la primera que se puso de pie. Aún intenté tomarla de la mano. Pero ella se zafó con furia. Sólo entonces lloré. Por un segundo se enterneció. Me abrazó. Le dije que no había manera de que yo me perdonara por lo que había hecho, y ella dijo: —Lo sé, no tienes perdón. Entonces, cuando se estaba yendo, yo dije. —Dentro de tres años iré una hora antes de Navidad a atar un pañuelo en tu ventana. Y si sales y me das un beso sabré que ya no me odias. —No lo recordarás —dijo ella—, seguramente no lo recordarás. Camila se equivocó. Lo recordé, es cierto, fue a última hora, pero lo recordé. Salí de la tienda después de comprar el pañuelo y me dirigí hacia su casa. Durante todos estos años, Iris, su prima, la que me la presentó, me había informado de la vida de Camila. Por Iris supe que mi niña se había casado. También que tenía un bebé, que continuaba trabajando en la televisión, y que pasaría la Navidad con sus padres. Cuando llegué a la esquina de su casa, dudé. Detuve al auto y estuve tentado de irme. Miré mi reloj. Faltaban cinco minutos para las once. Tenía que decidirme. Bajé del auto. Volví. Todo me pareció una tontería. Quizá ella no tenía ya ningún sentimiento por mí. La imaginé saliendo por la mañana, con un vaso de chocolate tibio en la mano y, al ver ese pañuelo atado a las barras de su ventana, sonreír, desatarlo y tirarlo a la basura. Cuando faltaba un minuto para las once, me decidí. Corrí hacia la ventana y até el pañuelo o más rápido que pude, sentía un poco de vergüenza, de miedo, de pudor. Sólo cuando terminé, alcé la mirada y entonces, a través del vidrio de la ventana vi a un niño que movía los dedos para saludarme. Un par de manos de mujer lo sujetaban por debajo de las axilas y lo suspendían en el aire. El niño descendió unos centímetros y detrás de él apareció el rostro de Camila, con una de sus más tiernas sonrisas, una que se parecía mucho a la de una monja pidiendo limosna. Yo le sonreí con igual rostro de limosnero. Mi corazón dio un brinco. Ella dejó al niño sobre el piso y me hizo una señal. Leí sus labios. Había dicho: espérame. La vi acercarse a un gran árbol de Navidad y sacar de entre las ramas un paquete. Luego salió por una puerta y unos instantes después estaba a mi lado. Quise decir algo pero ella me selló los labios con sus dedos. —Cualquier cosa que digas será tonto —dijo. Tenía razón. Me entregó el paquete. Había una tarjeta con mi nombre. —Feliz Navidad —dijo— ábrelo. Lo hice. Era una pequeña agenda electrónica. —He anotado el cumpleaños de tu madre y de tu hermana, también el tuyo por si acaso. Y el mío para que me envíes regalos. Ni siquiera tienes que hacer nada. La máquina habla cuando llega el día indicado y a cada hora dice algo como: Hoy cumple años su mamá. Lo dice en inglés, pero tú sabes inglés así que no hay problema. Yo estaba a punto de llorar de emoción, de ternura, de felicidad. —Yo sólo te compré un pañuelo —dije compungido y mi garganta me traicionó. —Tonto, es un hermoso regalo —dijo y también su garganta la traicionó. —Creo que debo irme —dije. Me di la vuelta pero ella me tocó el hombro. La miré una vez más y entonces se aproximó a mí. Volví a oler su perfume, su aliento a jazmín. Me dio un beso en los labios, delicadamente, y luego se marchó. Cuando subí al auto, me sequé un par de lágrimas que habían corrido por mis mejillas. Encendí el auto y me marché. En el trayecto me llevé una mano a la frente y recordé que una vez más no había comprado regalos para mi madre. Pensé de inmediato en unas lámparas que tenía en mi departamento y que a ella le habían gustado mucho. Enrumbé hacia mi casa para recogerlas y llevárselas. A mi hermana le podía hacer un cheque. No es que ella lo necesitara, le iba bien en su trabajo, pero desde que me convertí en su padre postizo, darle dinero se había convertido en un detalle tierno. Al menos eso es lo que ella, que es muy inteligente, me ha hecho creer.

domingo, agosto 31, 2008

TU NOMBRE

Que señales el origen
Que resumas la razón del precipicio
Que tu voz anime
Lo que jamás se ha hecho cuerpo.
Que no te sea imposible lo imposible
Que des corpulencia de barra
a lo translúcido.
¡Reduce la pasión!
¡Expande el sentimiento!
¡Filtra de opiniones los actos más sencillos!
¡Sé el abecedario de la divinidad!
¡Descíframe el código que descifre el nombre!
¡Revélame a mí, para que yo te revele a ti! Te lo hemos pedido todo, poema,
Por eso
Algunos
te han llamado
dios.

martes, abril 29, 2008

El poder lobotomiza: de la prensa chicha a la prensa chichi

La nueva ética del periodismo que practica Cecilia Valenzuela se resume en estas palabras que me escribió hace unos días: “no necesito que Melisa Patiño mate, robe o estafe, para convencerme que debo luchar contra el neoterrorismo que amenaza mi país.” Cecilia Valenzuela “sabe” –sin pruebas- que Melissa es terrorista y se acabó. Un terrorista es una persona que mata, roba, engaña, secuestra y usa estos crímenes para infundir terror en una colectividad. ¿A quien ha matado, robado, aterrorizado, estafado, engañado Melissa Patiño? La respuesta es irrelevante para Cecilia Valenzuela y para el ministro Alva Castro, éste patrocinó su detención y encarcelamiento, sin pruebas; aquella defiende esa detención con una maldad solo vista durante el régimen del delincuente Fujimori y su prensa chicha. Cecilia es parte del gran combo que ha hecho añicos el principio que sostiene a nuestra frágil democracia, se ha sumado a quienes han minado desde dentro el Estado de Derecho. Los derechos humanos son una mierda ahora en el Perú: Ganó Cipriani, ganó Giampietri, ganó La Razón y Martha Chávez, ganó Fujimori, ganó Abimael y ganó Polay. No sé por qué Cecilia acuña la palabra neo-terrorismo, porque lo que conocemos todos los peruanos es el terrorismo a secas. El terrorismo del MRTA y el de SL. El terrorismo de Estado también, el de los Telmo Hurtado y el de los generales de Los Cabitos. Terrorismo es uno, venga de donde venga: siempre hay una población desarmada, y al otro lado, gente con poder de herir a miembros de una sociedad desde el anonimato o desde la patética mentira. Melissa Patiño acudió a Ecuador con todos los prontuariados que ha reseñado Cecilia Valenzuela en su programa: Melissa nunca lo ha negado, está en el atestado, solo una precisión: no los conocía. Asistió al evento, también lo ha declarado, pero no sabía que iba a estar rodeada de tanto movimiento radical. Recibió un pasaje de Roque Gonzáles La Rosa, el ex emerretista (o emerretista, yo no lo puedo ni negar ni afirmar) tampoco lo ha negado. Tomó agua, usó anteojos negros, cargó la banderola y se cubrió la cara en la marcha, todo eso lo ha declarado. Pero ¿qué parte de la historia no comprende Cecilia Valenzuela? ¿No comprende que Melissa recibió la invitación de manos de Luis Enrique Amaya, director del programa de radio donde ella participaba en la producción? ¿Qué su viaje se decidió la noche anterior como lo ha declarado Amaya? ¿Qué precisamente los pasajes comprados no tenían nombre porque Roque Gonzáles La Rosa no sabía que Melissa iba a Ecuador? Valenzuela ha acusado al IDL a APRODHE (y a su torpe carta) y a quienes defendemos a Melissa Patiño de defender a las farc: es un insulto para quienes nos quedamos en el país y resistimos la época oscura del terrorismo y luego una dictadura criminal. Cecilia argumenta falazmente que no respetamos a la policía antiterrorista que detuvo a Polay y Guzmán. Si los hombres que detuvieron a estos criminales estuvieran aquí, dudo mucho que habrían perdido el tiempo y el respeto deteniendo a una muchacha de 20 años que un día antes le pedía permiso a su madre para que la deje ir a un viaje a Ecuador, de 5 días, con todo pagado. A Guzmán y a Polay los atraparon verdaderos héroes que hicieron un intenso e impecable trabajo de inteligencia para protegernos a los peruanos de los crímenes de estos sujetos e incluso para proteger a sus propios detenidos. Quizá estos policías, al ver esta captura, se rían, como los periodistas ahora nos reímos –cuando nos pasa la indignación- de Cecilia y de su (neo)periodismo zonzo, hueco, deleznable e institucional. Qué triste es ver cómo el poder va comprando como en el mercado a las conciencias.

viernes, abril 18, 2008

Un afiche de mel

¿El caballo del hortelano mata y deja matar?

"Eran personas que participaban en una revuelta bloqueando una carretera y estaban contra la ley e inclusive SE DICE que querían quemar el grifo", ( (El Comercio, 18 de abril, página 7, palabras de Alan García Pérez, presidente constitucional del Perú, “explicando” por qué dos personas fueron asesinadas en Ayacucho, durante un paro promovido por campesinos).

Si estas palabras te las dijeran de tu padre o de tu hermano muerto, ¿qué sentirías?

A Fujimori nunca se le ocurrió decir tal barbaridad. Miles como yo estuvimos en las calles exigiendo que se largara y no volvimos a casa con una bala en la nuca: para eso, el dictador usaba a sus escuadrones de la muerte.

¿Tienes un abuelo pensionista que alguna vez se sumó a una marcha de protesta a exigir que le paguen? ¿Tienes algún hermano universitario que se paró frente a palacio a pedirle al dictador de turno que se largue? ¿Tienes una madre profesora, o una tía, que alguna vez salió a exigir que le suban el sueldo?

Imagina que hoy salen a protestar por la mañana y en la tarde te los devuelven con dos tiros en la nunca por que DICEN que IBAN a quemar una comisaría o a destruir un patrullero.

¿La pena de muerte existe en el Perú?

¿Se decide por argumentos proporcionados por la telepatía?

La fabula decía que el perro del hortelano no comía ni dejaba comer.

Este será el caballo que quiere cambiar la fábula por ¿mata y deja matar?

Yo le enseñé a mi hijo que la policía peruana tiene armas en las manos para protegerlo, que si se perdía se acercara a uno porque él lo cuidaría ¿Cómo le digo ahora que ya no se si los policías en quienes confiábamos a lo mejor tienen órdenes de disparar si descubren telepáticamente que tienes intención de… cualquier cosa que digan o que se les ocurra…?

La policía y la ciudadanía deben decirle basta a García. La débil democracia que tenemos no se merece ser minada desde dentro por aquellos a quienes les encomendamos vigilarla y fortalecerla.

Las armas de los policías deben ser usadas, si son usadas, contra delincuentes.

Peleamos por una sociedad de ciudadanos libres y por una sociedad democrática.

Queremos que la fuerza policial sea constitucional y proteja la vida de incluso aquellos que están equivocados o que han transgredido la ley.

Nos protegen las leyes, todas perfectibles, y respetarlas nos hace dignos de vivir en comunidad.

Ningún mandatario, menos uno elegido entre los restos de una elección donde no quedaba ni el menos malo, puede pisotearla ni tergiversarla en función de sus oscuras patologías y deseos.

Yo voté por García, ahora recuerdo mis arcadas.